"El Viejo Mundo está en proceso de disolución.
Uno sólo puede cambiarlo a través de una
revolución integral de las ideas y de los corazones".
Pierre Joseph Proudhon
La hegemonía ideológica del neoliberalismo pretende monopolizar el espacio político y, ahora también, el apolítico. Primero fue la socialdemocracia, con su giro más que evidente hacia un supuesto centro. Ahora, este mismo centro formado por la izquierda más progre, bien maquillado y mejor presentado se dispone a colonizar los pequeños reductos de protesta a las contradicciones del sistema que aún seguían en pie. La izquierda ha desaparecido del arco parlamentario: ahora intenta desactivar los colectivos de lucha social que se presentan como contrarios o alternativos al sistema.
Peligro del apoliticismo y los nuevos colectivos de lucha social.
En nuestro entorno español y europeo vemos cómo poco a poco se extiende cada vez más el desengaño y desapego hacia la política parlamentaria. En una época de crisis general para el ciudadano de a pie la política nacional no dispone de posibilidades de solucionar sus problemas. Esta crisis económica y social ha alcanzado también los espíritus. La sombra de este descontento trae consigo, la mayor parte de las veces, un apoliticismo apático e indiferente. Una parte de la población limita su protesta a un abstencionismo pasivo y sin pretensiones y a un desinterés o desconfianza en la actividad parlamentaria.
No es ésta la única respuesta a la evidencia de la inutilidad de la política parlamentaria. Y es aquí donde cobran importancia los nuevos (o no tan nuevos) colectivos de lucha social. Muchos de estos colectivos asumen y hacen suyos, en apariencia, los principios de actuación propios del anarquismo. Muchas veces se ha llegado incluso a vincular genéricamente estos colectivos con agrupaciones libertarias. La realidad es bien distinta. Estos colectivos, que bien pueden reivindicar o no su tradición libertaria, terminan por convertirse en muchas ocasiones en víctimas de sus propias contradicciones internas. Generalmente derivadas de una forma de proceder contraria a lo libertario. No están compuestos por libertarios, no se pretenden libertarios, ni actúan como tales y es por ello por lo que habitualmente surge el problema de la doble (o múltiple) militancia. Militancia paralela en organizaciones sociales y ciudadanas y también en partidos políticos y sindicatos. El ser humano tiene múltiples identidades y es natural y hasta lógico que se mezclen unas y otras pero ¿cómo aceptar la coexistencia de dos militancias cuando una de ellas supone aceptar una disciplina de partido? ¿Cómo pensar -por mucho que se apoyen en el asamblearismo- que estos colectivos puedan ser cercanos siquiera al ámbito libertario cuando siempre prevalecerá esta disciplina por encima de los acuerdos tomados en libertad?
En ocasiones se ha sostenido que estas asociaciones, redes, etc., han sabido reconocer la herencia válida del extinto anarquismo y utilizarla en sus nuevos modos de protesta libertaria contra el sistema neoliberal. El anarquismo no ha muerto, ni en sus organizaciones ni en sus ideas. Desde luego, no ha sido superado por estas “nuevas” formas de hacer política. ¿Cuál es el papel del anarquismo movilizado en todo esto? El anarquismo no debe conformarse con ser esperanza o inspirador ideológico auxiliar de los nuevos colectivos de lucha anticapitalista o antineoliberal. El movimiento anarquista debe impulsarlos, apoyarlos, en el caso de que su lucha suponga una mejora de las condiciones de libertad, igualdad y justicia global. Sin olvidar cuál es su finalidad. El anarquismo no puede limitarse a pertrechar a estos colectivos, sino que debe poner todos los medios a su alcance para lograr la transformación radical de la sociedad hacia una nueva concepción de las relaciones más libre, más igualitaria y más justa. Más igualitaria respetando nuestras diferencias.
El hecho de que estos nuevos grupos hayan aprendido a integrar o a utilizar las formas del anarquismo no significa que estén vinculados ni de la forma más remota a este último. Primero, porque el anarquismo no es sólo una forma de actuación y de lucha, es también un fin. Segundo, porque la mayoría de las veces esas formas se ven pervertidas por los propios miembros de estos colectivos. Adaptarse a una forma de actuación asamblearia sin comprender que su finalidad es una transformación radical de las relaciones humanas, sociales, económicas y políticas, locales y globales permite que la socialdemocracia -bien entendida como nuevo centro y como una rama más del neoliberalismo- canalice todos esos esfuerzos y esas luchas al campo de lo político, donde recibe amplios réditos. A su vez limpia su rostro de cara a sus votantes simulando tener una conciencia social.
Hasta este momento, estos grupos no han conseguido dar respuestas generales que se refieran a todas las relaciones del hombre en sociedad. Se limitan a regular aspectos más o menos importantes de la situación mundial, pero puntuales. La Anarquía es una respuesta que no es definitiva, que está en continua construcción y que no carecerá de errores en su camino. Porque avanza preguntando a unos y a otros. Porque cree que un mundo con un máximo de libertad para el hombre, para todos los hombres, es posible. Si lo creamos entre todos. La identidad humana es plural, es relacional y es evolutiva. El concepto de Anarquía por fuerza lo ha de ser también.
Muchos de estos grupos, aunque adoptan las formas asamblearias de lo libertario, no renuncian al parlamentarismo. Generalmente cuentan en sus filas con figuras de segundo orden de diversos partidos -normalmente minorías u oposición- que pugnan por ser los primeros en llevar sus propuestas al Congreso o al pleno del Ayuntamiento. Esto condiciona mucho sus éxitos y sus expectativas. La mayoría de las pequeñas victorias de estos colectivos no se plantean de forma global -no en su ideario, sino en sus tácticas-. El anarquismo tiene el compromiso de apoyar y fomentar todas y cada una de estas luchas en lo que considere positivo y criticarlas en lo negativo. Mientras estas pequeñas victorias independientes no se planteen de una forma global, cohesionada y como integrantes de un plan colectivo revolucionario podrán suponer pasos adelante en el camino hacia la libertad, pero no dejarán de ser victorias parciales. No serán victorias de la libertad si sus objetivos no se plantean, al menos, como complementarios a todas las luchas que persiguen este fin. Tampoco serán victorias del anarquismo. No podrían serlo: cuando la Anarquía gane la batalla que libra por la libertad y la justicia no será por una victoria del anarquismo, ni de los anarquistas, sino de la Humanidad.
Mirada retrospectiva del anarquismo organizado.
Hay quien sostiene que el papel del anarquismo organizado se limita en los comienzos del siglo XXI a “ser anarquista”. Al campo de la privacidad o la actividad pública limitada y reducida por una suerte de automarginación de lo político. Sin llegar a estar de acuerdo con esta afirmación considero que el “ser anarquista” no está de más en un tiempo de crisis de valores. Es moralizador y ejemplarizante, es contagioso, es agradable y es -ante todo- necesario. El anarquismo debe divorciarse de la pléyade de intelectuales de nueva izquierda que sobrevuelan su supuesto cadáver y volver a ser la casa abierta que recordaba Abad de Santillán al confesar: “Yo no me acerqué al anarquismo por haber leído libros o folletos de Kropotkin o de ningún otro; me acerqué por la calidad moral de los obreros a quienes había conocido y tratado”.
La lucha por la revolución social -ésta es la Anarquía puesta en funcionamiento- no es exclusiva de los anarquistas ni se puede dar solamente con el apoyo de éstos. La lucha por la revolución social es la lucha del pueblo, del ciudadano de a pie, de todas las víctimas y de cualquiera que simpatice con su ideal de un mundo libre. La Anarquía no es el mundo de los anarquistas, ni siquiera el gobierno de los anarquistas, es una alternativa abierta para todos los que la sientan.
Últimamente se ha criticado al anarquismo por empecinarse en fijar una mirada interna y retrospectiva sobre su trayectoria. Este examen es necesario por propia higiene del movimiento y para formar al relevo generacional que cada vez irrumpe con más fuerza. El pasado del movimiento está ahí para enseñar experiencias, formas de comportamiento, errores y, sobre todo, para darnos esperanza y confianza en el futuro. Para recuperar el contacto con nuestras vidas y nuestra realidad. En un mundo en el que los derechos sociales se encuentran en receso reconocer cómo fueron logradas las principales conquistas laborales y sociales insufla fuerza a la lucha. La deja henchida de justicia y la convierte en un compromiso no sólo con el futuro, sino también con el pasado. Se trata de ir avanzando, de no perder los derechos que tanto costó arrancar al sistema.
Es preciso recuperar y aun aumentar la tradición de lucha que hizo posibles tantos cambios. Esta tradición que el neoliberalismo oculta en un fingido intento por apaciguar los ánimos y calmar las voluntades revolucionarias, por evitar convertir el mundo en un campo de batalla. Cuando en realidad lo que trata es de evitarle batallas a la guerra final del capital contra el hombre, educando a las nuevas generaciones en un conformismo suicida y desmovilizador. Y ahí está la enseñanza de Ricardo Flores Magón, que “nada es tan desalentador como un esclavo satisfecho”. La lucha antipolítica va más allá de una negación de la política parlamentaria, supone un compromiso de crítica de todo lo que en el ámbito político atente contra la libertad y la justicia y también la responsabilidad de presentar alternativas viables.
¿Qué camino hacia la Anarquía?
Para adaptarse al nuevo orden, para “entrar en el siglo XXI” se le pide una vez más al anarquismo que fije sus planes revolucionarios, sus estructuras, sus nuevos organigramas... En pocas palabras, que amplíe con mayor concreción su literatura política. El peligro de “codificar” el anarquismo siempre ha sido el mismo, anquilosarlo, limitarlo, alejarlo de la movilización, confundirlo con juegos retóricos de los intelectuales de turno o hacerlo aún más vulnerable a las infiltraciones en sus filas de políticos de supuesta izquierda. Bien para utilizarlo, bien para desacreditarlo desde dentro. Es cierto que el proyecto anarquista se mueve en una cierta ambigüedad y simpleza, precisamente ahí reside su capacidad para integrar a otros sectores y para dar respuestas ágiles a problemas imprevistos. Redactar un programa con todos los supuestos para preparar el advenimiento de la revolución tendría el mismo sentido y la misma validez que un programa electoral. También la misma ineficacia. La Anarquía es libre y la construiremos entre todos.
Aclarar posiciones sobre la Anarquía es siempre positivo mientras no suponga normativizarla, burocratizarla, ni dar una respuesta invariable a un problema en expansión y constante cambio. La Anarquía debe no sólo ser la alternativa definitiva al capitalismo, sino también demostrar que en su camino encuentra también soluciones a los problemas parciales. Sin derivar por ello en el reformismo más conformista. Es evidente, por lo tanto, que no debe limitarse a la lucha laboral sino impregnar todo lo que tenga que ver con el hombre.
Otro reto que se le plantea al anarquismo en su entrada en el nuevo siglo es aceptar las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías a su proyecto colectivo. Aceptar esto no supone creer en las cualidades taumatúrgicas con las que algunos las adornan y presentan. Las nuevas tecnologías crean unos medios. Medios útiles para trabajar en libertad, es cierto, facilitarían el trabajo de una verdadera democracia. Pero los medios por sí mismos no hacen nada. Hace falta que todos nos movilicemos y comprendamos cuál es nuestra responsabilidad, qué es lo que está en juego y que nos concienciemos políticamente (antipolíticamente y no sólo con un rechazo pasivo a la política parlamentaria) para ponerse en marcha. Un lápiz por sí solo no escribe una novela. La posesión de un arma no te convierte en asesino. La facilidad de medios de lucha tampoco hace anticapitalistas, ni trae consigo la revolución social: la concienciación sí.
¿Cabe un anarquismo en el siglo XXI? ¿Existen aún los anarquistas o nos encontramos ante unos nuevos sujetos políticos? Los adjetivos en todo lo que rodea la Anarquía han sobrado siempre y mucho más ahora. En el pasado fueron causa de muchas disputas estériles que sólo sirvieron para enconar odios y avivar malentendidos. Llamémosla como queramos, la lucha por la Anarquía seguirá siendo lo mismo: la lucha del hombre por la libertad y la justicia. Lo importante está en el proceso y en el resultado, nunca en qué nombre le demos. Somos luchadores por la libertad, ya es tiempo de terminar con los insultos y las peleas infecundas y empezar a caminar juntos. Por vuestras obras os conoceremos, anarquistas...
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